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Hace 23 horas
"EL CORAZÓN DE LOS HOMBRES A MENUDO NO ES TAN MALO COMO SUS ACTOS, Y RARA VEZ TAN MALO COMO SUS PALABRAS" (TOLKIEN)
Una guitarra y un violín atacan “Fisherman’s Blues”, la mejor canción de folk/rock de la historia. Mike Scott y sus colegas llevan dos horas de concierto frenético y poético (la mezcla es posible), decididamente tabernario (podía haber sido un pub de Edimburgo; en realidad era un garito madrileño sin humos, pero con cerveza y gin-tonics). Mike agradece el esfuerzo del público (“Hoy había partido de fútbol...”). De pronto me acuerdo, coño, un Bayern de Múnich-Real Madrid. Al 99,9 del respetable ese frente le importa un huevo, incluyéndome a mí, saturado como estoy del monotema que anega mi vida laboral. La velada me causa cierto estupor. Primero, que The Waterboys dé un concierto para 500 personas en el Teatro Kapital, cuando en otros tiempos hubieran llenado un recinto mucho mayor. Segundo, que sea uno de los mejores recitales que he visto en mi vida. Tercero, que haya ido acompañado de mí mismo y mis circunstancias. Después de pensarlo fría y detenidamente, la verdad es que hay una explicación para todo.
Me enganché a The Walking Dead por su mezcla de frikismo y desolación. El súmmum del frikismo ocurrió en la primera temporada: para escapar de los zombis los protagonistas se unen a la horda tras embadurnarse la cara y la ropa de sangre y tripas de muerto. En el episodio "18 Miles Out" de la segunda temporada hay otra escena encomiable: Rick, tumbado en el suelo, mata a tiros a un par de zombis que intentan morderlo; sus cuerpos exánimes le caen encima como fardos y le dejan indefenso ante un tercer elemento, que aprovecha la melé para atacar. Rick está bien jodido, pero en el último instante mete el cañón del revólver en la boca de uno de ellos y dispara a través del cráneo, eliminando al último atacante. La punta del cañón asoma por la nuca del zombi, encajada. Cuando Rick tira para liberarla crujen los huesos podridos. Unos minutos después, Rick y Shane vuelven a la granja-refugio en coche. Shane mira por la ventanilla y ve en un prado a un caminante solitario, sin rumbo fijo, trastabillando, símbolo de la desolación de una tierra donde la amoralidad es el arma más eficaz para sobrevivir.
El periodismo posmoderno se reduce a procurar que los usuarios piquen anzuelos hacia noticias (muchas veces) insignificantes. Ser visible es más importante que ser interesante, e incluso veraz. ¿Dónde quedan las grandes historias? ¿Realmente los periodistas vamos a comer de esto? Tal vez haya que buscar otros caladeros, como los ebooks. O rezar.
...me dedicaría a hacer películas de animación góticas como las de Tim Burton. "Frankenweenie", lo nuevo del director de "Big Fish" (la cito porque es mi favorita de entre sus muchas joyas), basado en un corto que hizo en 1984 con la técnica de stop motion, llegará en otoño. El pequeño Víctor lleva a cabo un fantástico experimento científico para devolver la vida a su adorado perro Sparky, que murió atropellado. Lo consigue e intenta ocultar su creación al mundo...
"En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta que alcanza su nivel de incompetencia" (Principio de Peter).
La férrea política de comunicación que imponen los clubes más poderosos solo se rompe en eventos promocionales.
Los guiñoles son irreverentes, son brillantes, son sanos... Y la reacción española, patriotera. El País defiende a los muñecos de Canal + Francia en aras de la sacrosanta libertad de expresión, y vierte tanta tinta (en reportajes, en columnas de opinión) en descalificar el casus belli como otros medios en defenderlo. Yo me quedo con el bajonazo que le ha dado al asunto Rafa Nadal, una de las víctimas de las invectivas gabachas. Pero quiero añadir un matiz: una cosa es la burla y otra muy diferente la acusación velada de dopaje. Qué malo es perder.Percebeiros (Sea Bites) 1920x1080 from enpiedeguerra on Vimeo.
El mayor coleccionista español de camisetas auténticas de las estrellas de fútbol abre su museo privado a ABC. Ver aquí.